Sin Respiración:



Te miro saboreando ese helado de fresa, pero no es nada más que eso, un helado como lo son los demás para ti, algo para conseguir un fin plasmado en tu diminuta mente, algo que no puedes controlar pero que, aún así, lo intentas. Ni siquiera el camarero te ha producido algún tipo de sentimiento de agradecimiento, le has mirado con indiferencia dando a entender la importancia que te das a ti mismo por trabajar en una multinacional y porque tu traje es mucho más caro que su uniforme blanco con líneas negras que le sirve al joven para ganarse algo de dinero y ser independiente. Siempre has mirado a los demás por encima del hombro, tu avaricia corre por tu cuerpo como tu propia sangre y eres incapaz de comprender que no eres el ombligo del mundo, aunque te interese humillar a tu prójimo para que tus palabras consigan herir más que entender o hacer que te sientes agradecido por algo. 

Miro hacia abajo esperando que no me veas. Sufro una pesada carga y es conseguir mirarte a los ojos sin que mi cuerpo reaccione fatídicamente a tu sola presencia, mi responsabilidad es intentar que no vuelva a ocurrir, aunque tu fiereza sea lo último que vea cada día al cruzarme contigo en la misma cafetería donde espero no encontrarte, esperando que ese sentimiento de lejanía esté presente y pueda dar gracias por no volver a verte jamás. Tus recuerdos galopan en mi mente con total despreocupación, intentando que me aferre a ellos sin poder respirar, con esos flashes intensos donde apareces tú apalizándome con todas tus fuerzas para que comprendiera que salir sola de casa no era una opción aceptable para ti, que salir de compras con mis amigas no estaba permitido y dar mi opinión era un error que no debía volver a cometer. Querías que me diera cuenta de quién mandaba en nuestra relación, haciendo protagonistas a tus gritos espeluznantes cada mañana y arrepintiéndome cada día de haberte conocido.

Te  has acostumbrado a ignorar mi presencia, quieres que sea yo la que vuelva a tus brazos completamente desolada, con el sentimiento de soledad que se proclama en mi interior y por el que lucho cada día para no volver a ti. Estaba enganchada a tu cuerpo, a tu mirada y a tus labios, mis errores empezaron a seguirme allá donde iba y tus golpes me hicieron cautiva en mi propia vida. No era consciente del peligro que exhalabas, todavía no comprendía por qué seguía amándote, por qué intentaba recordar las cosas bonitas que en un principio compartimos y no me daba cuenta que las malas eran las predominantes en nuestra relación, esa que no parecía tal. 

Estaba herida, cansada y parecía que llevara mucho tiempo esperando deshacerme de ti, exactamente como ahora, mirándote desde la distancia, interpretando tu ignorancia como un acto benevolente hacia mí pero jamás sabría si volverías a la carga, si volverías a hacerme daño y tan solo quería protegerme a mí misma. No pretendía que entendieras ni una sola de las palabras que pronuncié en su día, ni siquiera quería que formaras parte de la vida de nadie más, que destruyeras a otra joven inocente con ganas de tener una agradable aventura a tu lado, como bien dijiste cuando nos conocimos, convenciéndome de ello hasta la primera paliza. 

Cuando te miraba no podía respirar, era como si mi traquea se cerrara. Siempre fuiste una plaga en mi vida y siempre intenté encontrar la forma de no llegar a eliminarte de mi vida, quería conseguir algo de tiempo para que nos entendiéramos mutuamente, para que compartiéramos mucho más que palabras, que reconciliaciones absurdas que parecían no llevar a ninguna parte, dado que, al día siguiente, volvíamos a empezar. Te seguía observando con aquella mirada clavada en una joven de unos dieciocho años, inocente y con toda la vida por delante, una chica lo suficientemente disponible para ti como para pensar en muchas más, para hacerle tanto daño como te fuera posible, también te gustaba hacerlo en la cama, ¿verdad?

- ¿Estás buscando a alguien? - te pregunté, sentándome a tu lado e intentando que no me temblara ni la voz ni las manos, estaba echa un flan pero tú no lo sabías. Pretendía que mi temple fuera el único protagonista que ocupara aquel momento -.

- ¿Qué haces aquí? - tu respuesta era de esperar, pero no estaba conforme con ella - ¿Es que no te cansas de herirme?

- ¡¿Herirte?! - era curioso, en menos de un minuto, me había alterado. Era su especialidad, al parecer - Fuiste tu quién me apalizabas cuando no hacía lo que querías, todavía tengo los moretones que me dejaste hace unos meses atrás.

- Te lo merecías, siempre me engañabas - su sorna me produjo náuseas, no soportaba esa sonrisa prepotente que siempre sacaba a relucir cuando no tenía razón, era repugnante -.

- No voy a permitir que te la lleves, ¿está claro? - le solté, de repente, haciendo caso omiso a su absurda respuesta anterior y centrándome en esa joven a la que observaba desde hacía media hora - No vas a hacerle lo mismo que a mí, ninguna mujer tiene por qué pasar por tus maltratos constantes.

- No sé a qué te refieres con maltrato, ¿a que te daba todo lo que pedías o a que simplemente te inculcara un poco de respeto y educación hacia tu prójimo?, estabas demasiado ciega para verlo - seguía hablando sin mirarme a los ojos, estaba demasiado ensimismado en la joven que estaba bailando con sus amigas en la calle, cerca de la cafetería donde nos encontrábamos - Eres demasiado cabezota.

- Y lo sigo siendo - la jeringuilla que había aguantado en la mano derecha, se la metí en el costado con todas mis fuerzas, pasándole un brazo por los hombros para disimular su desmayo producido por el calmante que había en la misma -.

Pude verle con mis propios ojos postrado sobre una cama, atado por brazos y piernas en una habitación medianamente oscura, vista por una lámpara vieja que sobresalía del techo y falta de cualquier aparato que pudiera usarse para escapar, era todo mío y sentía un poder inmenso dentro de mí, quizá el mismo que tuvo él en su momento años atrás cuando estaba retenida en esa vida llena de dolor y resentimiento. Esperaba que abrieras los ojos para empezar con mi momento, ese que estuve maquinando durante mucho tiempo, ese que se expresaba en mi mirada, aquella que iba unida con un conglomerado de recuerdos que pretendía hacer desaparecer junto a ti.

Abriste los ojos poco a poco, te costó recobrar el aliento cuando te diste cuenta en el lío que te habías metido tu solito y comprendiste que no saldrías ileso. Mi sonrisa diabólica se mostró en mi rostro de forma automática, tu pánico no podía ser más visible y estaba disfrutando de ello, de hacerte sufrir tanto como hiciste conmigo. Empecé dándote latigazos, lo siguiente fueron cortes más profundos por todo tu cuerpo, te arranqué las uñas una a una hasta que me suplicaste que parara y pude ver cómo somos los seres humanos cuando te despellejé vivo, algo que consiguió que me sintiera cada vez más viva. Pude ver cómo tus momentos en la Tierra se iban acabando poco a poco, esperaba tu último suspiro desde el primer momento en el que te pude ver en la cafetería a la que íbamos ambos cada mañana e intentando que todo ésto consiguiera que cambiaran las cosas en mi interior, necesitaba sanar y tú eras el único bache que me creaba un profundo dilema.

El último suspiro fue el momento culminante en el que pude respirar aliviada. No podrías hacer daño a nadie más, no mirarías a ninguna otra joven para que fuera tu esclava, no pegarías a nadie y tampoco podrías herir con esas palabras punzantes que te gustaba utilizar desde que te levantabas. Era de esperar que desaparecieras del mapa después de haber producido una grave crisis en mi interior, aunque eras demasiado estúpido como para darte cuenta de lo que era capaz de hacer con ese cuerpo enclenque vestido con un modelito tan pijo y perfecto como lo era el tuyo, aunque más que halagar dabas asco sin darte cuenta. Al fin tenías tu paga y yo tenía el camino hacia la libertad, la seguridad y el completo dinamismo, diciendo adiós a la violencia y hola a una nueva vida, aquella que había merecido durante tanto tiempo, ¿volverías a colapsar mi mente o tan solo desaparecerías sin más, como si nunca hubieras ocurrido? 

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